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Biografías

Piratas

 
 
 
 
 
 
 
 
Biografías
 

John Phillips

 
 
 
 
 

"El que pierda una parte de brazo o pierna
en un combate recibirá 400 piezas de a ocho;
si pierde el miembro entero, 800."

Octavo punto del Código de a bordo del Revenge del capitán John Phillips

Los piratas filósofos

     No obstante, no toda la historia de la piratería parece signada por la violencia y el desprecio por la vida humana. La realidad se revela a veces insólita. Prueba de ello es un capítulo muy especial de este relato, que parece producto de la fantasía de algún novelista, del que fue testigo la isla de Madagascar, en los siglos XVII y XVIII. Es una experiencia totalmente única, que sepamos, en esta materia.

     Vale la pena detenernos debidamente un momento en ella. Consistió nada menos que en el surgimiento y materialización de lo que podríamos llamar el sueño de "piratas filósofos", muy diferentes, por cierto, de lo que fueron el célebre Morgan, el Olonés, Barbanegra o el Capitán Kidd, y otros en su momento. Dos nombres se destacan en esta empresa, dos sujetos que "elevaron la piratería a la altura de un ideal", y creyeron en una utopía humanitaria, adelantada a su época, que quisieron concretar: Misson y su lugarteniente Caraccioli. Del primero, oriundo de Provenza, no se conoce siquiera si ése fue su verdadero nombre o si tuvo otro.

     A fines del siglo XVII, embarcado como aprendiz en el "Victoire", llegó a Italia. En Roma trabó conocimiento, allá por 1690, con un fraile dominico "liberal", como se decía entonces para aludir a los revolucionarios, disoluto y libertino a la vez. El joven Misson quedó deslumbrado por la inteligencia y las ideas del monje, el que, colgando los hábitos (o quizás arrojándolos lejos de sí) y atraído por la vida del mar, decidió seguir al joven nauta y tentar fortuna en su buque. El "Victoire" fue atacado por piratas berberiscos, hecho común entonces, lo cual permitió que ambos amigos se iniciaran, valiente y arriesgadamente, en el conocimiento del arte y la ciencia del abordaje.

     A Misson la experiencia le resultó positiva, y lo entusiasmó al punto de embarcarse en un buque corsario mientras reparaban el suyo a consecuencia del encuentro. Participó en esta nueva nave en una acción bélica que culminó con la captura de un buque inglés, después de lo cual volvió al "Victoire" y a su compañero. Rumbo a las Antillas, ambos se fueron familiarizando más con las tareas náuticas, y siguieron cambiando ideas y pensando en sus utopías. Caraccioli, prefiguración del enciclopedista, entendía que Dios desaprobaba de los reyes, de los clérigos, de la desigualdad, de la pena de muerte y, sobre todo, de toda disciplina. No se hablaba aún de anarquía, pero a ella tendía el fogoso ex sacerdote.

     Misson, por su parte, soñaba con la "aventura total". Quiso el destino que el buque que tripulaban fuera atacado por una nave inglesa, que causó numerosas muertes a bordo, incluida toda la oficialidad, pero que llevó la peor parte, pues en determinado momento su polvorín estalló, sin que quedaran sobrevivientes. Mientras tanto, las prédicas de Caraccioli daban fruto: convenció a lo que quedaba de su tripulación de que lo deseable era una "vida de libertad": los que le siguieran, la tendrían; los que pensaran de otro modo serían desembarcados. Ninguno abandonó el buque. Misson, que era el más instruido de quienes permanecían con vida después del combate, fue nombrado capitán, y el ex monje su teniente. Comienza así entonces la historia de una tripulación que en nombre de los principios humanitarios entendía que a veces cabía la violencia, la cual podía en algunas circunstancias no tener límite. Pareceríamos estar frente a los protagonistas de la futura Revolución Francesa.

     Se elaboró un reglamento para ordenar la vida a bordo, muy parecido, por otra parte, al de los filibusteros, gente efectivamente libre. Quedaba por elegirse la bandera. Alguien propuso emplear el pabellón negro con la calavera y los huesos cruzados, que los piratas ingleses habían empezado a enarbolar recientemente. Caraccioli manifestó abiertamente su desaprobación: "¡No somos piratas, sino hombres resueltos a mantener la libertad que Dios y la Naturaleza nos han acordado! ¡Los piratas son hombres perdidos, no podemos aceptar su bandera!" Propuso entonces el pabellón blanco con la figura de la Libertad, con la divisa "A Deo, A Libertate", es decir, "Por Dios y por la Libertad", y así se adoptó. Y en nombre de la libertad comenzaron las tropelías. El primer buque que se atacó estaba en lastre; llevaba apenas un poco de ron. No hubo pillaje, sin embargo; se respetaron los cofres y los efectos personales, y se dejó partir a la presa, tras hacer jurar cándidamente a todos no revelar nada de lo sucedido antes de transcurridos seis meses. Esta inicial y peculiar aventura fue la más sencilla, porque a partir de allí el combate fue la regla, cuyo botín era a veces vendido en puertos tales como Cartagena de Indias. La actitud de Misson, no obstante, fue noble frente a los esclavos negros. En tanto que filósofo humanitario, no podía admitir tal comercio. Sorprendente punto de vista para la época, y más aun partiendo de quien partía, que benefició a cuantos infelices eran inhumanamente transportados en los buques que él capturaba. En ocasión de cobrar una presa holandesa, argumentó de este modo frente a la tripulación:

     "Es imposible que el comercio de gente de nuestra especie sea jamás del agrado de la Justicia Divina. Ningún hombre tiene poder sobre la libertad de otro. No nos hemos librado aún del irritante yugo de la esclavitud ni hemos asegurado nuestra libertad para imponer la esclavitud a otros. Sin duda, esos hombres se distinguen de los europeos por su color, sus costumbres o ritos religiosos; pero no son menos criaturas del mismo Ser omnipotente y dotados de igual razón. Deseo, pues, que sean tratados como hombres libres y distribuidos entre nosotros para compartir nuestra comida, para que puedan pronto aprender nuestra lengua, se den cuenta de las obligaciones que tienen para con nosotros y se vuelvan más capaces de defender esta libertad que deberán a nuestra justicia y a nuestra humanidad"

     Fueron así dejados en libertad los negros, de los cuales una parte, al igual que sus captores holandeses, quisieron permanecer embarcados al lado de Misson. Junto con varios ingleses, se conformó de tal suerte una tripulación harto extraña y heterogénea, que el capitán logró hacer congeniar. Más trabajo le costó impedir que prorrumpieran en juramentos y maldiciones, tan comunes a bordo. También esto es fuera de lo común en la vida de los personajes que hoy nos ocupan.

 

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