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América III - Crónicas Coloniales - Costa Rica

Tesoro Isla de Cocos

 

HISTORIA FANTÁSTICA

El tesoro, tiene una historia particular que suena más a una novela que a un hecho real. Por medio de cartas y declaraciones hechas en los años de 1844 y 1888, Arias plantea una recreación de los hechos. Según los datos recopilados, esta fortuna en oro fue robada de Lima en 1820.

En esta época estaba aconteciendo la independencia del Perú, a cargo de una flota chilena guiada por José de San Martín. Al llegar a Lima, estos barcos rodean el puerto, por lo que el Virrey en esa época decide poner a salvo un tesoro compuesto de reliquias de la Iglesia, en cajas de 150 kilos, con el fin de que no cayera en manos de los revolucionarios.

Para esta tarea, el Virrey alquila un navío mercante inglés que estaba en el puerto, para que lleve las riquezas a un lugar seguro. Sin embargo, el capitán al observar la magnitud del tesoro decide robárselo.

La única isla desierta conocida desde la época de los piratas era la Isla del Coco, allí ocultan el botín y luego se devuelven topándose con un barco peruano que los estaba persiguiendo.

La mayoría de los marinos son fusilados, sin embargo, quedan con vida los tres tripulantes más jóvenes que acceden a indicar el lugar donde escondieron el botín. Antes de embarcarse de nuevo a la isla, el navío peruano se ve obligado a hacer una parada en Panamá, ya que la tripulación presenta síntomas de fiebre. En este momento dos de los marinos escapan, ya que el tercero muere por la fiebre. Los sobrevivientes son rescatados por un barco ballenero inglés, uno de ellos viaja hasta Inglaterra y el otro se queda en Hawai.

Este último conoce a un canadiense llamado John Keating en 1844 al cual le cuentan la historia. Keating, al parecer, habría sido el único en sustraer parte del tesoro años después. 

 

GRAN TESORO

Con miras a concluir su maestría, de la que se recibe el 8 de abril, Arias retoma el tema, pero esta vez aplicado a la administración pública. En esta propuesta plantea la forma en que el Estado administraría un monto tan importante, cercano a los $800 millones. "En este momento el tesoro sería pieza de museo, no hay legislación" comentó.

El investigador piensa que luego de encontrar el tesoro, se podría disponer eficientemente de ese recurso, ya que pasaría a engrosar las arcas de oro de Costa Rica. "Eliminaríamos la inflación de un solo. Seria el primer gran beneficio"

Asegura que hizo una propuesta formal ante el Ministerio de Ambiente y Energía, para extraer dicho recurso pero nunca recibió una respuesta. Opina que el gobierno no ha hecho nada a pesar de todas las pruebas que presentó, ya que siente que no han escuchado sus propuestas. "Me pone más atención la televisión alemana y la National Geographic que la gente de mi país."

La Isla de Coco fue declarada Parque Nacional en 1978 y Patrimonio Natural de Humanidad por la UNESCO en 1997, así mismo en el 2002 se declara también como Sitio Histórico Cultural.

 

EN LA REALIDAD Y LEYENDA.  

Por Javier Rodríguez

Para quienes soñaron con leyendas y aventuras épicas, la isla del coco recobró, en las postrimerías del siglo XIX su atención; esto obedece, en parte, a los relatos de una novela infantil del escritor británico Robert Louis Stevenson, conocida como La Isla del Tesoro, publicada en 1881.  la obra desarrolla su trama en una remota isla del océano Pacífico, en Suramérica.  El narrador argumenta, a partir de ciertas divagaciones, lo siguiente.  “…me han solicitado que escriba todos los detalles referentes a la Isla del Tesoro, de principio a fin, sin omitir otra cosa que la localización de la isla, por cuanto aún quedan allí tesoros por desenterrar, tomo la pluma en el año de gracia de 17…y regreso a la época…” (Stevenson, 1998:11).

No obstante, podríamos ubicarnos en otros sitios –además de Coco- como en la isla de Pascua o Juan Fernández pertenecientes a Chile y a Galápagos, propiedad de Ecuador.  Mucha imaginación navegó por esas mentes infantiles y ambiciosas a la vez.

 

GENERALIDADES BÁSICAS.

Situada  en el océano Pacífico a unos  535 Km. del puerto de Puntarenas en Costa Rica, con dirección Suroeste del territorio nacional, con una localización geográfica,  entre los paralelos latitud N 5º 30" Y 5º 33" y longitud oeste de 87º 03" 87º 06". Tiene una extensión de 2.400 hectáreas en la parte terrestre y 97.235 has. en la parte marina. Fue declarada por la UNESCO Patrimonio Natural de la Humanidad, en 1997.

Entre sus peculiaridades destaca el hecho  de ser la única elevación del relieve submarino hallada en la Placa del Coco que sobresale de la cadena volcánica extendía desde el archipiélago de las Galápagos hasta la Fosa Mesoamericana, al oeste del Istmo de Centro América (Geoistmo, 1988)

 

 

DE INTERES INTERNACIONAL

En lo referente a la situación política-administrativa, es propiedad de Costa Rica y, según la Constitución Política, reformada y vigente de desde 1949; “La Isla del Coco situada en el Océano Pacífico, forma parte del territorio nacional…”. Es, en su artículo quinto que, por primera vez y de forma explícita, se indica su importancia territorial, aun cuando se tenga noticia de que, en la segunda mitad del siglo XIX, ya había sido reclamada por autoridades costarricenses. (Arias Sánchez, 1997).

Aunque hasta el presente, no se tenga evidencias arqueológicas que den fe del doblamiento de esta isla por parte de grupo indígena alguno, desde el siglo XVI se tiene referencias de la presencia human en esta ínsula.  Mas tarde, se llamaría isla del coco y sobre todo por el paso ocasional de tripulantes de navíos castellanos e ingleses que se aventuraban a través del océano Pacífico, para circunvalar costas americanas. (Quesada Monge, 1198).

 

EUROPEOS NAVEGAN EN AGUAS AMERICANAS.

Dentro del juego de intereses de algunas potencias europeas con capacidad naval para recorrer territorios de ultramar, lejos de sus centros de poder (reinos), la cartografía fue una herramienta estratégica; por ello, no nos sorprende que Coco aparezca desde ese período en tales documentos.  Además, por su proximidad con el archipiélago de las Galápagos –a unas 320 millas náuticas- se convirtió en punto de referencia para navegantes.  Posteriormente, Galápagos sería un sitio importante, en especial, debido a la presencia del naturalista inglés Charles Darwin, quien replanteó a partir de sus investigaciones en el sitio, las teorías acerca del origen de las especies y su evolución natural.

 

Por otra parte, se afirma que, entre los años 1680 y 1725, se desarrolló la edad de oro de la piratería (Nacional Geographic, 1999:64), por tanto, las aguas del Caribe y el Atlántico americano formarían parte de esta situación histórica que también opera para otros mares del mundo conocidos hasta ese momento.  No es de extrañar que galeones, con cargamentos muy valiosos de la Corona Castellana en América –sobre todo en el Caribe-, fueran blanco constante de ataque de corsarios y piras, entre ellos, ingleses, holandeses y franceses (Solórzano Fonseca, 1993).

Esta conflictiva realidad, aunque con sus respectivas variantes y, en menor escala va a escenificarse en el Pacífico.  Para los siglos XVII y XVIII, los ingleses comenzarían a tener una participación significativa en estos mares; ya por el año 1683, el famoso navegante James Cook estuvo en Coco.  Estas travesías, como es de esperar, tocarían otros puntos de la geografía americana, como parte de expediciones que duraban meses y hasta años.

Con base en lo anterior, se sabe que los británicos tenían en el Caribe control sobre Jamaica, después lo harían sobre Belice (Quesada Monge, 1998) y, periódicamente, sobre las islas de la Bahía (Honduras) y la Mosquitia en Nicaragua. Ello les permitió establecer una creciente actividad comercial y de intercambio de productos, ya fuera legal o ilegalmente, con áreas jurisdiccionales de las provincias adscritas al Reino de Guatemala u otras capitales y virreinatos (Harina, 1972): (Parry, 1979)

 

ENTRE LA REALIDAD Y LA LEYENDA.

Durante el período colonial hispanoamericano, es decir, entre los siglos XVI hasta el XIX, la Audiencia de Lima, centro del Virreinato del Perú, ubicada en la Cordillera de Los Andes y emplazada hacia el  litoral Pacífico, fue la más próspera.  Esta se transformó en bastión de resistencia real contra los propósitos de los criollos (Skidmore and Smith, 1992: 185-189).

De sus puntosas catedrales barrocas –según relatos- fueron robados gran cantidad de objetos sagrados para luego ser embarcados con destino incierto.   Los saqueadores pactaban con sus patrocinadores en la distribución de los botines, aunque en ocasiones se arrepentían y cambiaban los rumbos de sus naves y cargamentos.  Al calor de estos oscuros acontecimientos, va a desarrollarse el supuesto robo de unos tesoros sagrados en la ciudad de Lima, que serían más tarde enterrados en la isla del Coco por un pirata llamado Morgan.  No obstante y para desencanto de los amigos de fábulas, se afirma que el enigmático pirata, a quien se le endosa la aventura, nunca estuvo en la Isla (Weston, 1990).

 
Entre realidades y leyendas, Coco vio llegar a sus costas, buscadores de tesoros espectaculares; de esta forma, a finales del siglo XIX y gran parte del XX, los ávidos de riquezas llegaron al sitio, sin aparente saldo favorable, según algunos entendidos en el asunto. Javier Rodríguez, historiador.
 

OTROS COMENTARIO DE OTROS AUTORES.

Cuenta la historia que la isla fue descubierta por Joan Cabezas en 1526.

Aparece por primera vez, en el mapa de Nicolás Desliñes de 1542 con el nombre de “Ile des Coques”.

Según leyendas, aquí se escondieron valiosos tesoros como el de Lima, consistente en toneladas de lingotes de oro y plata, láminas de oro que cubrían cúpulas de las iglesias; el tesoro del pirata William Davies que fue ocultado en 1684 y el de Benito "Espada Sangrienta" Bonito en 1819.

La isla es extremadamente lluviosa, 7000 Mm. de agua caen cada año. Posee una topografía muy quebrada.

Después de gran cantidad de buscadores de tesoros y cazadores de fortunas, cuyas expediciones no han revelado donde están las riquezas escondidas, hemos entendido que el tesoro de la isla del Coco está en su excepcional flora y fauna, que contiene un número importante de kilómetros cuadrados de ecosistemas terrestres protegidos. Así mismo, los 2000 Km. de ecosistemas coralinos y marinos protegidos de la isla, por la densidad y variedad de organismos que en ella se desarrollan es considerado como un santuario marino de importancia mundial.

La Isla es considerada un laboratorio natural para el estudio de la evolución de las especies. Y está cubierta de un bosque siempre verde, tupido y denso, cubre el accidentado territorio insular de 2.400 hectáreas, frecuentemente nublado y azotado por copiosas y torrenciales lluvias el cual presenta condición nubosa en el Cerro Iglesias, a 634 m.s.n.m. La topografía es muy quebrada, lo que da lugar a la formación de muchas cascadas, algunas de las cuales caen expectacularmente al mar, desde gran altura. La costa es muy sinuosa, tiene acantilados de hasta 183 metros de altura e infinidad de cuevas submarinas. El mar, azul turquesa es de extraordinaria transparencia.

Aquí se han identificado 235 especies de plantas (70 endémicas), 362 de insectos (64 endémicas) y 2 de reptiles endémicos: la lagartija y la salamandra; 3 de arañas, 85 de aves incluyendo las marinas (4 endémicas), 57 de crustáceos, 118 de moluscos marinos, más de 200 de peces y 18 corales. En sus aguas abundan los tiburones de aleta blanca, los gigantes tiburones martillo, los atunes, los peces loro, las mantas y los júreles.

Entre las especies de árboles más distintivas de la Isla destacan el copey, el palo de hierro y la palma endémica. Dentro de las aves sobresalen las endémicas: el mosquerito de Isla del Coco, el cuclillo de Isla del Coco, y el pinzón de Isla del Coco. En el bosque es común el espíritu santo, ave de color blanco que visita la isla para anidar y que se distingue por revolotear sobre las cabezas de los visitantes.

La Isla del Coco es un territorio de gran riqueza paisajística y un verdadero laboratorio para los estudios de la naturaleza. Abundan los helechos, las bromelias, los ríos, quebradas y cascadas; los valles, los acantilados y los islotes frecuentados por infinidad de aves marinas y lugar de anidación de gaviotas y pájaros bobo.

El parque cuenta con varios programas. El programa de Protección vela por el cumplimiento de las leyes de conservación de los recursos naturales, manteniendo un adecuado equilibrio de los ecosistemas de la isla dentro de los límites marinos y terrestres. Otra función es velar por la seguridad de los visitantes nacionales y extranjeros que llegan a la isla.

El Programa de Administración se propone lograr la planificación de todas las labores del parque a corto y mediano plazo.

El Programa de Investigación y Monitoreo se propone sentar las bases para el desarrollo de la investigación científica en el área e incentivarla según las prioridades del parque.

Finalmente, el Programa de Uso Público, cuyo objetivo es concientizar a los grupos que se dedican a la actividad pesquera en los límites de área, sobre la importancia de preservar las poblaciones de organismos marinos de uso comercial más amenazadas

 

UN MISTERIO FORRADO EN ORO-la isla del coco

REVISTA DOMINICAL, La Nación: (18-05-03)

Más allá de la leyenda, serias investigaciones indican que, en alguna parte de la isla del Coco, está enterrado un tesoro que podría costar hasta $2000 millones. Sin embargo, todo hace pensar que jamás será encontrado.

Cubierto por el sigilo y la oscuridad de la madrugada, el capitán escocés William Thompson giró instrucciones a los marineros de su navío, el Mary Dear, para que soltaran las amarras y zarparan lo más rápido y silenciosamente posible del puerto de Lima, Perú.

Aquella huída mar afuera ocurrió, según reseña la historia, el 19 de octubre de 1829. Mientras el barco se alejaba lentamente de las costas peruanas, nadie habría imaginado que aquel hecho marcaría a todos los que estaban a bordo y también a decenas de personas que ni siquiera habían nacido.

Éstas últimas, empeñarían sus vidas –y sus muertes- muchos lustros después en la búsqueda del cargamento que llevaba el buque.

 

Se trataba de una parte de las inmensas riquezas que acumularon las autoridades civiles y religiosas españolas en el transcurso de los casi tres siglos que duró la ocupación del Perú: toneladas de lingotes y monedas de oro y plata, láminas de oro que cubrían las cúpulas de las iglesias, y ornamentos, utensilios e imágenes que había en estos templos (como una Virgen y un Niño Dios en tamaño natural y de oro macizo).

Cuando las tropas del libertador Simón Bolívar se aproximaban a Lima, capital del virreinato del Perú y una de las ciudades más ricas del continente, el pánico se apoderó de las autoridades civiles y eclesiásticas.

En su desesperación, acudieron a Thompson -quien había llegado al puerto a raíz de un viaje  comercial- para que sacara del país aquel tesoro, que tuvo que ser apilado en 24 pesadas cajas de madera.

Ese es, ni más ni menos, el espectacular erario que, según la historia, yace enterrado en algún punto de una pequeña isla del Pacífico costarricense; el que ha dado origen a una leyenda conocida mundialmente: la del tesoro de la Isla del Coco.

 

Testimonios de quienes han visitado este territorio insular, ubicado 532 kilómetros hacia el suroeste de Cabo Blanco, en la costa Pacífica del país, lo describen como un mundo aparte de 24 kilómetros cuadrados al que solo puede llegarse luego de un viaje de 30 horas por mar.

Primero, luce como una línea larga y azulada, y después se convierte en un paraje de montañas, cataratas y enormes acantilados rocosos.

Según se dice, fue descubierta por el piloto español Joan Cabezas hacia 1526. Poco después se inician las historias de piratas y corsarios que encontraron en aquel lugar desolado un escondite ideal para sus botines. Se especula que le valor de lo que está allí enterrado oscila entre $800 millones (313.600 millones de colones) y $2000 millones (784000 millones de colones).

Con algunas variaciones en cuanto a fechas y detalles, pero sin diferencias en lo esencial, las historias recopiladas por varios investigadores nacionales y extranjeros (como el estadounidense Ralph Hancock, el británico Julián Weston y, más recientemente, el historiador nacional Raúl Arias Sánchez) dan cuenta de que el capitán Thompson aceptó servir a los españoles como transportista y custodio mientras se definía la ocupación de Lima por parte de Bolívar, pero pronto su ambición cedió ante semejante riqueza.

 

Una vez en altamar, llegó a un acuerdo con su tripulación para buscar el escondite más seguro para el tesoro. No hubo mucho qué discutir, pues la Isla del Coco era la única isla desierta y sin propietario legal. Se dice que, al llegar a tierra, Thompson escondió en una cueva el grueso  del botín y repartió el resto entre los marineros.

Pero los españoles habían sospechado de las intenciones del custodio y enviaron una fragata tras el navío, que fue interceptado en Panamá. Fusilaron a todos excepto a Thompson y a otro marinero, con la esperanza de que les revelaran el lugar donde habían guardado el tesoro.

Sin embargo, ambos lograron escapar de los españoles.

Diversos documentos históricos se refieren a Thompson en lo sucesivo, pero del otro marinero no hay registros. Por eso se cree que murió pronto.

Así, el único hombre vivo que conocía la situación exacta del tesoro de Lima era Thompson. Y es aquí donde empiezan los relatos en cadena, transmitidos de generación en generación, debido a los cuales más de 300 expedicionarios de todas las épocas se han aventurado a buscar, sin éxito, el famoso tesoro de la Isla del Coco.

 

Entre los lugares que se citan como posibles depositarios del tesoro se encuentran las bahías de Wafer y Chatmam, o la península conformada por Punta María y Cabo Lionel.

Si bien la leyenda ha sucedido a propios y extraños en distintos períodos, durante los últimos años un historiador costarricense ha seguido las pistas del tesoro con el mismo interés, tesón y empecinamiento que tuvieron en el pasado los exploradores que se hicieron a la mar en busca de la isla y del oro.

Solo que, en vez de navegar en el mar, Raúl Francisco Arias Sánchez lo ha hecho entre montañas de documentos, algunos recopilados en Costa Rica y otros muchos que ha encontrado en sus viajes a Inglaterra, España, Panamá, Canadá y Perú en busca de nuevas pistas.

Arias Sánchez, quien trabaja como investigador en el Centro de Patrimonio del Ministerio de Cultura, Juventud y Deportes, está preparando un libro en el que intentará no solo demostrar su teoría, sino alentar a las autoridades ticas para que intenten encontrar el tesoro con la ayuda de equipos especiales que no dañen los ecosistemas de la Isla, declarada Parque Nacional en junio de 1978, y Patrimonio de la Humanidad en 1997 por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO).

 

Las exploraciones de búsqueda del tesoro se prohibieron desde 1994, durante el gobierno de José María Figueres Olsen. El objetivo primordial fue salvaguardar la ecología y la decisión se tomó un año después de que la empresa estadounidense Turismo Dos Mil intentara, infructuosamente, localizar  el botín con ayuda de una sofisticada tecnología que incluyó una nave nodriza computadorizada, un avión ultraligero y buzos. Con todo este equipo se efectuaron vuelos y rastreos submarinos.

El investigador Arias Sánchez ha concluido que éste y los fracasos de las búsquedas anteriores se deben básicamente a que se trataba de personas sin formación como investigadores que se basaron en documentos y mapas falsos.

En su criterio, el principal problema ha sido que buscan en el lugar equivocado y con procedimientos incorrectos.

¿Por qué en su momento el tesoro no pudo ser recuperado por William Thompson, la única persona que conocía el lugar exacto donde estaba?

De los muchos documentos recabados por Arias Sánchez se desprende que, en sus últimos años de vida, Thompson entabló amistad con un marinero llamado John Keating y le confió el mapa cuando estaba a punto de morir. Keating tuvo más suerte que Thompson. Al poco tiempo encontró a alguien dispuesto a respaldarlo  económicamente quien, además, lo acompañó a la Isla del Coco. Se dice que juntos encontraron la cueva donde estaban sepultados los lingotes. Se llevaron cuanto les cupo en los bolsillos y un poco más, pero la pesada carga exigía más sofisticados medios de transporte.

De acuerdo con la investigación de Arias Sánchez, Keating vivió el resto de sus días como un hombre rico, pero nunca pudo regresar a la isla por el resto del tesoro. Murió en 1882 a causa de una enfermedad paralizante.

Para entonces, ya la Isla del Coco se había convertido en territorio costarricense, pues en 1869 el gobierno de Jesús Jiménez organizó una expedición oficial para buscar el tesoro, pero solo llegó a enarbolar el Pabellón Nacional en lo alto de un palo de balsa. Así tomó posesión de la isla.

Seis años después de la muerte de Keating -reseñan diversos documentos- un marino alemán llamado Augusto Guisler escuchó la historia de la Isla del Coco de boca de un viejo alcohólico que se ganaba la vida contando historias de tesoros. Como sus antecesores, Guisler se embarcó y llegó a la isla en 1889. Ahí vivió hasta 1906 -incluso fue nombrado gobernador de aquel territorio insular por el presidente Rafael Iglesias-. No obstante, pese a los años que permaneció en la inhóspita región, nunca pudo hallar ni un vestigio del tesoro.

Las investigaciones realizadas en Inglaterra por el historiador Arias Sánchez le permiten concluir con certeza -según lo afirma en su tesis doctoral presentada en la Escuela de Historia y Geografía de la Universidad de Costa Rica- que el tesoro de Lima fue una realidad y que el hallazgo de John Keating da cuenta de ello. Él es, a juicio de Arias, el  auténtico gestor de la leyenda.

Sin embargo, una experiencia vivida por el sociólogo Francisco Escobar durante sus años de estudiante en la Universidad de Kansas, Estados Unidos, sugiere que hubo otro protagonista que trascendió la leyenda en ésta historia.

En enero de 1992, el hecho de que la empresa Turismo Dos Mil pusiera una vez más sobre el tapete el tema del tesoro, motivó a Escobar a escribir un detallado artículo para la Revista Dominical. En éste contaba cómo un hecho fortuito lo puso frente a frente con una de las personas que más conocimiento llegó a tener sobre el botín de Lima.

El sociólogo narró cómo, durante un encuentro social con un estudioso y coleccionista de mapas antiguos a quien solo se refiere como de apellido Morrison, éste sacó a colación la historia del tesoro de la Isla del Coco, y afirmó que existían numerosos mapas de la isla, supuestamente elaborados como guías cartográficas para localizar cierto punto particular que bien podría ser el escondite de un tesoro dejado ahí por los piratas.

Cuando Escobar le consultó por qué no usar aquellas cartas para recuperar los tesoros, el erudito contestó que en realidad se trataba de criptogramas con simbología secreta que solo usaban los corsarios, piratas y filibusteros.

Pero lo más interesante de aquel encuentro fue la referencia que hizo Morrison a Berta Blodge, una señora que tenía una versión alternativa muy curiosa sobre la historia. El interés de Escobar lo llevó a localizar su dirección en un pueblito de Kansas, Estados Unidos, y unos días después, la visitó.

Se trataba nada menos que de la nieta del comandante Thomas O. Selfridge, el hombre que a la postre habría dirigido todos los estudios para decidir si Estados Unidos construiría un canal interoceánico en Nicaragua o Panamá.

Por lo tanto, Selfridge había estudiado cuidadosamente los mares a ambos lados del posible canal y pronto concentró su interés en la Isla del Coco, primero por interés político y militar, y luego porque se enteró de la leyenda del tesoro.

Pero lo más importante de todo era que Selfridge había localizado una copia del plano de la isla hecho en 1793 por el capitán James Colnett, de la Marina de Estados Unidos, con el código para interpretar aquellos signos secretos trazados por los piratas.

Selfridge mantuvo éste mapa en absoluto secreto y únicamente compartió la información con su amigo, el secretario de Marina estadounidense George Robertson, quien nunca le dio importancia.

Antes de morir, a los 93 años, Selfridge conoció al joven Frank Smith, un talentoso ingeniero civil a quien le transmitió sus conocimientos y su información sobre la Isla del Coco y sus tesoros. Smith se casaría luego con Berta Blogdet, cuando ésta tenía 15 años.

El joven -contó Escobar- había prometido a Selfridge que vendría a explorar la isla y a buscar el oro, y así lo hizo. El 3 de enero de 1920 zarpó junto con su mujer en un largo viaje hacia San José, donde se asoció en su misión con los empresarios Tom y Charles Cochnour.

 

Frank encontró uno de los tesoros -le dijo la anciana a Escobar-, pero las autoridades no podían enterarse porque el gobierno habría tomado posición de inmediato. Como era imposible sacar las piezas, no le quedó más remedio que repetir la historia de los piratas. Fingieron ser biólogos que realizaban estudios en la isla para la Academia Nacional de Ciencias, y construyeron una especie de cripta en los acantilados. Allí ocultaron las piezas y las cubrieron luego con piedras y arena.

“Cuando regresó a San José, Frank me dijo que nos iríamos a los Estados Unidos para solicitar los permisos necesarios y me dió una descripción verbal del sitio donde estaban las piezas encontradas. Pensó que era más seguro no hacer mapas ni poner la información por escrito. La situación política en Costa Rica después de la caída de los Tinoco era muy difícil, y un funcionario internacional le aconsejó a Frank que saliéramos cuanto antes”, relató la señora a Escobar.

“Sin embargo, de vuelta a su país, Frank enfermó de malaria y, dos meses más tarde, falleció. Lo último que supe fue que Tom y Charles Cochnour habían abandonado Costa Rica y murieron en Panamá en condiciones misteriosas”.

Berta Blogdet supuestamente había oído de su esposo la descripción exacta del lugar donde se ocultaron por segunda vez las piezas del tesoro, pero dos meses después de la visita de Escobar, ella falleció.

Si bien la gran leyenda del tesoro de la Isla del Coco ha estado siempre vinculado con el botín de Lima, se dice que durante el siglo XVII ese territorio ya había sido utilizado por otros piratas para esconder sus tesoros. Específicamente, se cita al capitán inglés Edward Davis, quien formaba parte de un destacado grupo de bucaneros. Igualmente, dos siglos, se habló también del portugués Benito Bonito, quien se habría apoderado de un cargamento de oro que había salido del puerto mexicano de Acapulco, y que estaría escondido en la bahía de Wafer, en la isla. Ambos hombres habrían muerto en enfrentamientos y por ello no pudieron recuperar nunca tales bienes.

De ahí que, hasta la fecha, muchos aseveren que en la isla habría sepultado no uno, sino dos o hasta tres tesoros.

El propio Ministro del Ambiente y Energía, Carlos Manuel Rodríguez, afirmó que el gobierno considera que la evidencia histórica da fe de que “muy posiblemente existan dos o tres tesoros en la isla”. “La información científica es buena y veraz y hace ver que existen tanto el tesoro de Lima como el de Benito Bonito y el de otro pirata”.

Rodríguez asegura que, si bien parte del botín fue hallado a finales del siglo XIX, es creíble que la mayor parte del tesoro continúe enterrado en algún lugar de la isla.

“El tesoro será encontrado cuando la tecnología pueda hallarlo por medio de aparatos aéreos sin dañar la isla. Por ahora, hay un decreto que impide al gobierno otorgar permisos a terceros para que realicen búsquedas. Sin embargo, -aclara Rodríguez- el gobierno sí puede buscarlos, aunque actualmente no hay un proyecto para hacerlo, pues estamos claros en el valor ecológico de la isla y que una eventual exploración de búsqueda podría generar un impacto muy negativo sobre su ecología”.

No obstante, también existen las posiciones escépticas, como la de Michael Montoya, asesor científico de la Fundación Amigos de la Isla del Coco y quien ha hecho unas 30 expediciones a la isla desde 1983, sobre todo para realizar investigaciones biológicas.

“Puede que el tesoro existiera, pero es posible que ya lo hayan sacado. Un tesoro tan grande no podía ocultarse lejos de las costas, y los sitios accesibles en esa área ya fueron revisados por decenas de expediciones. Eran tesoros grandes y pesados y tanto el clima como las condiciones topográficas habrían impedido desplazarlos hacia los cerros de la isla”, sostiene Montoya.

Desde 1994 hasta hoy, el historiador Raúl Arias Sánchez ha intentado sin éxito, convencer al gobierno costarricense de realizar un rastreo del tesoro utilizando sensores remotos, específicamente el Air Images System, dispositivo de la Administración Nacional de Aeronáutica y el Espacio (NASA) que genera mapas tridimensionales desde un avión que sobrevuele a baja altitud el área de la bahía Wafer.

Arias Sánchez ha comparado su insistencia con la de Howard Carter quien batalló durante años por convencer a los arqueólogos británicos de la existencia de Tutankamon, a quien consideraban una divinidad del antiguo Egipto.

En 1992, Carter finalmente demostró que tenía la razón al descubrir el Gran Tesoro de Tutankamo

 

AL RESCATE DE UN TESORO

Equipado con sistemas vía satélite y radares de alto alcance, un barco ayudará a vigilar la Isla del Coco para combatir la pesca ilegal de tiburones y de otras especies amenazadas en el sitio.

La isla, patrimonio de la humanidad según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), estará mejor protegida gracias a un convenio entre el Ministerio del Ambiente y Energía (MINAE), el Ministerio de Seguridad y la Asociación Mar Viva, entidad no gubernamental que aportará el barco.

Según Alexandra González-asesora legal del ministro de Turismo, Rodrigo Castro- se pretende firmar el convenio este mismo  mes.

“El objetivo es facilitar la labor de los guarda parques de la isla, que hasta ahora han tenido grandes limitaciones para ejercer una vigilancia efectiva. En la embarcación siempre habrá funcionarios del gobierno que harán el patrullaje de las aguas que pertenecen a la isla”, explicó.

La iniciativa es parte del esfuerzo que realizan los gobiernos de Costa Rica, Ecuador, Colombia y Panamá por resguardar las islas que conforman el Corredor Marino de Desarrollo Sostenible.

 

ALTO COSTO

El convenio de cooperación no se ha firmado porque aún falta afinar detalles importantes, como la cantidad de horas diarias que las embarcaciones prestarán su servicio. Según Rothschild, lo ideal es que el patrullaje se haga al menos durante ocho horas al día, pero esto representaría un costo mensual cercano a los $6000 (2.376.000 millones de colones) solo en combustible.

Es probable que Mar Viva asuma la mayor parte de ese costo.

“La asociación correrá con los gastos de mantenimiento y aportará la tripulación, mientras que el Estado está haciendo las gestiones necesarias para proveer parte del combustible y el hospedaje de la tripulación, que debe ser cambiada cada cierto tiempo. Es una contraparte pequeña desde el punto de vista económico”, asegura González.

Rothschild aclaró que Mar Viva es una entidad sin fines de lucro, financiada por empresas privadas y personas interesadas en el ambiente: “puesto que siempre se ha dicho que no se puede proteger la Isla del Coco por falta de recursos, queremos dar un aporte al gobierno”, manifestó.

 

PARQUE NACIONAL ISLA DEL COCO

Fecha de creación: 11-Jun-1978

Decretos:   D.E. #8748-A 11-Jun-1978 Creac.
               Ley #6794 27-Dic-1982 Ratific.
               D.E. #15514-MAG 18-Jul-1984 Ampl
               D.E. #20260-MIRENEM 20-Mar-1991 Ampliación
               D.E. #20749-MIRENEM 16-Oct-1991 Exterminio De Cerdos
               D.E. #29834-MINAE 10-Oct-2001 amplía el área marina.

Extensión: 2310 ha

Ubicación: Área de Conservación Marina Isla del Coco (ACMIC)

Categoría de manejo: Parque Nacional

 

Flora

Se han identificado 235 especies de plantas (70 endémicas o propias del lugar). Entre las de árboles más distintivas destacan el copey, el palo de hierro y la palma. El parque cuenta con varios programas para un buen desempeño y vela por el cumplimiento de las leyes de conservación de los recursos naturales, manteniendo un adecuado equilibrio de los ecosistemas de la isla dentro de los límites marinos y terrestres.

 

Fauna

Aquí se encuentran 362 especies de insectos (64 endémicas) y 2 de reptiles endémicos: la lagartija y la salamandra; 3 de arañas, 85 de aves incluyendo las marinas (4 endémicas), 57 de crustáceos, 118 de moluscos marinos, más de 200 de peces y 18 corales. En sus aguas abundan los tiburones de aleta blanca, los gigantes tiburones martillo
 

 

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